lunes, 17 de febrero de 2020

Tiburón blanco muere desangrado en Guadalupe

Cuando personas y tiburones se encuentran, por regla general mueren los segundos. Esto es un hecho, no una opinión, por mucho que se intente demonizar a estos animales. Y así sucedió el pasado 9 de octubre en la isla mexicana de Guadalupe, un lugar al que acuden científicos y turistas por lo fácil que resulta avistar al gran blanco.


Contrariamente a como se hace en Sudáfrica, donde las jaulas se colocan junto a la borda del barco sin que estén completamente sumergidas, en México, por lo que he visto en varios vídeos y documentales, suelen quedar más expuestas, a unos metros de profundidad y rodeadas de agua. También dejan más espacio entre los barrotes, por lo que a veces se ha dado el caso de que algún tiburón ha entrado en la jaula, como se puede apreciar en este vídeo:

Precisamente, por ese motivo, para evitar daños a los animales y posibles accidentes, hace unos años se cambiaron las leyes y se decidió construir las jaulas con materiales más resistentes, reduciendo al mismo tiempo el tamaño de las rendijas. Pero parece que no todo el mundo cumple la normativa.


El caso es que el pasado octubre, un tiburón quedó enganchado, y al dar vueltas sobre sí mismo intentando soltarse, se hizo cortes tan profundos que murió desangrado después de una lenta agonía que duró casi media hora.


Hay que tener en cuenta que no pueden nadar hacia atrás y que, al no tener extremidades, han de usar la boca para hacerse una idea de lo que les rodea; es algo instintivo y de ahí que anden mordiéndolo todo.


El caso ha salido a la luz gracias a un vídeo de denuncia publicado por el activista Arturo Islas Allende, en el que acusa a ciertos empresarios de no cumplir la ley. Desconozco qué hay de cierto y por eso no subo las imágenes, porque no puedo probar quién tiene razón. Por otra parte, si estáis interesados solo tenéis que buscar tiburón blanco muerto en Guadalupe en Internet y encontraréis varios resultados. Advierto de que las imágenes no son agradables.



Con esta entrada mi intención no es acusar a personas o empresas cuya actividad desconozco; eso queda para los expertos. Pero sí quiero poner sobre la mesa un problema al que solemos prestar poca o ninguna atención, como es la creciente influencia (negativa) de los seres humanos sobre esas otras especies, ya sean plantas o animales, con las que compartimos el Planeta.



Creo que las excursiones para ver tiburones blancos afectan a los animales al tiempo que ayudan a que el público los conozca mejor, promoviendo su protección. Pero estamos hablando de una especie que se encuentra en grave peligro y que vive en un medio que nos es ajeno, por lo que deberíamos ser extremadamente cuidadosos. No se trata tanto de sacar un rendimiento económico como de preservar un legado que se remonta muchos millones de años.


El turismo ha de ser siempre responsable y los primeros que tienen que inculcar esos valores son los encargados de proteger la biodiversidad. Las leyes están para cumplirlas y el sentido común para rellenar las posibles lagunas. No podemos permitir que el afán de enriquecimiento se interponga y prevalezca sin control.


En mi visita a Sudáfrica (las fotos son de allí) quedó claro que se respetaban varias normas. Las jaulas no tienen huecos por los que se pueda colar un tiburón, está prohibido tocar los animales, así como alimentarlos, y la seguridad (de personas y animales) es una prioridad. Aun con todo, no está claro si estas actividades influyen negativamente en la especie.


Lo que es evidente es que hay que denunciar a los que se saltan la ley. Estos deben ser perseguidos y castigados.

martes, 20 de agosto de 2019

Kaester Hákarl

Lo llaman tiburón podrido, pero en realidad está fermentado, y es uno de los platos típicos de Islandia. Me habían hablado de ello y desde que supe que pasaría allí parte de mis vacaciones, me preguntaba si sería capaz de hincarle el diente. Luego me enteré de que los islandeses lo comían en mitad del invierno y pensé que quizás podía salir airoso del envite, con mi orgullo intacto.

Pero mi amiga, impenitente buceadora en las guías de viaje, encontró una fábrica en nuestro recorrido por la isla. De repente, no había excusa posible. No obstante, al leer la guía me enteré de que el pez en cuestión no era otro que el tiburón de Groenlandia, una especie que se encuentra casi amenazada, por lo que volví a mi idea de no catarlo, pues entraba en conflicto con mi ferviente defensa de los tiburones.


Llenos de dudas, decidimos acercarnos por la fábrica para, sin llegar a probarlo, aprender cómo era el proceso de este plato tan singular. Lo que os detallo a continuación es, pues, un resumen de lo que nos dijeron y de lo que he encontrado en Internet.


Se trata de una costumbre que se remonta a varios siglos atrás, cuando los primeros pobladores de la isla se enfrentaban a una crónica escasez de recursos que les impelía a buscarlos en el mar. El problema es que la carne de este tiburón es tóxica para los humanos, hasta el punto de que unos cuantos bocados pueden llevarnos al otro mundo. Se hace necesario un proceso que elimine esa toxina, que es la que permite al tiburón vivir en aguas tan gélidas.


Lo primero que se hace es cortar la cabeza al animal, para quitarle luego sus órganos internos y cortar la carne en grandes tiras que son enterradas bajo piedras, grava y arena durante varios meses. En ese tiempo, la urea se convierte en amoniaco, por lo que os podéis imaginar el olor que desprende.

Llegados a ese punto, es necesario airear la carne, colgándola durante varias semanas en unos secaderos al aire libre hasta que el exterior se vuelve marrón oscuro. Entonces, se quita esa corteza y se corta en cubos de aproximadamente un centímetro de lado, que es como se come.



Según nos contaron, la pesca comercial de este tiburón no es rentable, por lo que se limitan a adquirir los ejemplares que los pescadores encuentran, ya muertos, en sus redes; unos setenta al año.


Esto no deja de ser una catástrofe para una especie con una tasa de reposición tan baja, pero al menos se trata de capturas accidentales, por lo que me decidí a probarlo.

El sabor no es agradable, pero tampoco es tan malo como podríamos pensar. Sigue desprendiendo algo de olor a amoniaco. Por lo visto, los islandeses lo toman como aperitivo, ya que su alto contenido en omega 3 sería perjudicial en caso de ingerir grandes cantidades.

Te lo sirven con unos dados de pan dulce para animar a los turistas, y así es como lo probé. Luego cogí un trozo de tiburón solo y sabía prácticamente igual. Su precio ronda unas 1.000 coronas islandesas los 100 gramos, unos siete euros al cambio, pero ninguno de los que hacíamos la visita estábamos interesados en adquirirlo.


Francamente, no veo cómo se puede mantener la pesca de otras especies y evitar al tiempo la muerte accidental de estos tiburones tan poco conocidos. Es algo sobre lo que debemos reflexionar.

En otra entrada os hablaré de los tiburones propiamente dichos, cuando haya reunido más información.